Vanesa Puga

Bruja morada creada en 1984, soy una pedagoga y periodista cultural que vive de la publicidad digital. Mamá de un chamaco. Escribo y leo como si mi vida dependiera de ello. Funciono a base de café, té y proyectos multicolor. Me clavo mucho con la literatura infantil y juvenil y la comprensión lectora. Soy firme creyente de que lo único constante en esta vida es el cambio.

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Donde las pasiones de una escritora se entremezclan
Starlight

Starlight

«This ship is taking me far away from the memories of the
people who care if I live or die
Hold you in my arms, I just wanted to hold you in my arms, I
just wanted to hold«

~Muse~

El cielo clavado de estrellas refugia como metal líquido, mercurio multicolor, en la bóveda celeste. Las luces de la ciudad siempre tenían ese efecto en la naturaleza, la deformaban de su belleza natural para darle otro toque, un poco mas extravagante si gustan, mas humano si es posible. La muchacha contemplaba el cielo, fascinada. Le hubiera encantado pasearse por las calles y tocar las nubes. Pero debía quedarse ahí, encerrada. Qué tanto peligro podía haber, la verdad no lo sabía. Toda su vida había estado encerrada en ese mundo de burbujas enorme que eran casas, oficinas, centros comerciales. Aunque afuera hubiera luces, ella no sabía quién las había instalado. La humanidad entera estaba confinada a ese autoencierro inhumano. Qué ironía. Pero esa noche el cielo se veía más radiante de lo normal. Y además, no había nadie. Los toques de queda ya no se acostumbraban, ya nadie se atrevía a obviarlos. Su familia estaba fuera, en una cena en casa de alguna tía aburrida. Era su oportunidad, quería acariciar las estrellas, perderse en las nubes brumosas de extravagantes formas. Se acerco a la puerta que daba al exterior, esa que nunca se había atrevido a abrir. Titubeó por un instante y apretó el botón que con un suave ronroneo abrió la escotilla. Las nubes empezaron a colarse por ahí. No podía dejar rastros de su atrevimiento, así que salió de un brinco y cerró tras de sí la escotilla. Podía tocar las nubes, pero se estaba asfixiando. Los gases la estaban saturando. Ni siquiera olían mal, era inoloros y coloridos venenos despojos de la última Guerra Mundial, la biológica y química que se había cargado a la mitad de la humanidad. Era una cosa hermosa y atemorizante. Las estrellas estaban junto a ella con ese baile arcoiris. Y los gases la saturaron, llenaron sus pulmones, quemándola en vida, con imágenes de luces titilantes y caricias de vidas pasadas. Ya no vería a nadie nunca más, pero al menos había podido abrazar la libertad, inexistente para la humanidad desde hacia siglos. Tonta desobediente. Feliz aventurera. Muerta en brazos de anhelos.

Nerea. 20 de junio, 2009.

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