Vanesa Puga

Bruja morada creada en 1984, soy una pedagoga y periodista cultural que vive de la publicidad digital. Mamá de un chamaco. Escribo y leo como si mi vida dependiera de ello. Funciono a base de café, té y proyectos multicolor. Me clavo mucho con la literatura infantil y juvenil y la comprensión lectora. Soy firme creyente de que lo único constante en esta vida es el cambio.

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No soy una súper mujer

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Imagen destacada de @aireenscolor

O lo que es vivir entre el miedo al altar y el terror a no ser suficiente

Esta semana troné físicamente hablando. El martes, después de la hora de comida, estaba sentada frente a mi computadora tratando de enfocarme en un documento que debía presentar en una junta. Llevaba desde el lunes sin poder concentrarme al cien, pero a pesar de que era un “no hilo ideas” más que un “mira, Facebook, a ver qué han posteado”, no le había prestado atención. El caso es que de repente me vino un mareo muy fuerte. Hace cerca de dos años, alrededor del 19S, estuve mareada y con poca capacidad de concentración durante casi un mes. Después del 19S supe que se debía a una descompensación, por haber quitado sales y grasas de mi dieta (un tema de dieta por quistes en los senos). El tema es que soy una mujer hipotensa, mi presión suele estar en el rango más bajo de la escala de lo seguro. Eso implica que, si se me baja la presión, me pongo mal muy rápido.

Total, decía: me vino un mareo muy fuerte. De la nada creí que me iba a ir de lado. Comenté tanto con Ariel por Messenger como con mis compañeros de trabajo en voz alta: “Whoa, me mareé”.

Ariel me dijo que me tomara una Coca-Cola, así que de salida del trabajo pasé por una y esperé a que me funcionara. Como me fui sintiendo de mal en peor, mejor tomé Uber para ir a recoger a G (tenía que pasar por él a casa de una de sus compañeras de clase). En el trayecto hubo dos momentos en que sentí que me le iba a desmayar al pobre chofer ahí mismo. La Coca no hacía nada por mejorar mi condición. Llegué por G, salimos y mi cachorro mejor tomó mi mochila y me agarró del brazo. Caminamos a casa, nos detuvimos a comprar una bebida hidratante y pizza y llegamos a casa. Al día siguiente me fui al médico.

De nueva cuenta: me descompensé. Mi sensación de no poder concentrarme e incluso no poder hilar pensamientos era debido a picos hipoglucémicos. ¿La solución? Añadir carbohidratos a mi alimentación (pan, arroz, pasta o tortillas) y bajarle a mi afán de hacer mil cosas. Tengo que ajustar mi alimentación y mi entrenamiento, pero eso será el lunes. El jueves y el viernes seguí sintiéndome un trapo. Y no saben cómo me desespera sentirme cansada, mensa e inútil.

El afán de sobre-exigirme

Tengo un miedo terrible a no ser suficiente. ¿Para qué o para quién? Vayan ustedes (y mi psicóloga) a saber. Mi reacción por default en esta vida es llenarme de trabajo y malabarear mil cosas al mismo tiempo para demostrar(me) que puedo con todo lo que me proponga. Finalmente, si no trabajo fuerte, no voy a alcanzar lo que quiero ¿cierto?

El tema es que, quizá porque vivimos en una cultura de, valga la redundancia, culto al sobre trabajo, cada vez que le bajo a mi ritmo frenético siento que estoy fallando terriblemente y que voy a decepcionar a todos los que me rodean.

Este afán mío me ha llevado, con esta ocasión, a descompensarme químicamente unas cuatro veces. Someto a mi cuerpo a tanto estrés y lo llevo tan al límite, que me pone freno de mano de formas bruscas. Es decir: al sobre-exigirme pongo en juego mi salud. Porque me da la impresión de que si renuncio a algo, si desisto, si digo “no puedo”, soy floja y, peor aún, débil. Y es que en esta sociedad actual ¿quién tiene tiempo de chiquearse cuando se siente mal?

La mejor prueba que refleja eso es una discusión que tuve en la semana con mi exjefe, Alex, vía WhatsApp. Le comenté que me había descompensado y sobre los picos hipoglucémicos a los que me he sometido, todo por subirle al entrenamiento sin ajustar mi alimentación:

Yo: Me dijo el doctor que me faltan carbohidratos y azúcares en la dieta y que por eso me puse así.

Él: Eres bien exagerada. No es tan poco común pasarse en el ejercicio.

Yo: No fue durante el ejercicio, fue sentada en la oficina.

Él: Ahhhh, no, entonces sí debes alimentarte mejor.

Yo: 🙄 pero exagero…

Él: Sí, un poco

En ese punto, I snapped! Crecí con un padre que, salvo cuando la fiebre provocada por el cáncer de 1999 y cuando la incapacidad por el cáncer de 2014, jamás faltó a trabajar. Enfermo, cansado, lo que fuera: iba a trabajar. Para él, chiquearse era síntoma de cierta debilidad. De menos, así me lo reflejaba. Cuando empecé con el tema de las migrañas, particularmente siendo freelance, no me gustaba que mi papá lo supiera para que no pensara menos de mí. De ahí agarré la maña de trabajar estuviera migrañosa, con fiebre por infección de vías urinarias o con un sangrado por mi periodo tan fuerte que me dejó anémica (todas historias reales). Yo sé que en los trabajos en general desestiman las enfermedades, pero el desestimarlas yo misma ha puesto en juego mi salud en más de una ocasión. Y se lo solté a Alex:

Yo: 1. No me gusta el drama, mucho menos como herramienta para llamar la atención de nadie.
2. Me recontrapatea sentirme mal. No tener control de mi cuerpo o de mi mente es lo que más me aterra en la vida. Y tener temas de salud me hace sentir débil y, de cierta forma, me hace dudar de mi valía y temer que me quiten el trabajo. ¿Por qué crees que con migraña, con fiebre y con hemorragias que me provocaron anemia seguí trabajando?

Alex ya no dijo nada, y menos mal, porque probablemente habría arremetido (yo) de forma mega hostil. No me gusta sentirme mal, no por el hecho per se, sino porque siento que estoy fallando de forma espectacular. En mi cabeza, si he iniciado una tarea, si me he comprometido con algo, debo poder lograrlo. Así sea trabajo o compromisos con mis amigos.

¿Renunciar a algo? ¡Imposible!

Ese maldito afán también implica que soltar cosas cuando ya no puedo más, me cuesta la vida entera. Recientemente me ocurrió: llevaba un año como correctora de estilo de la Revista de la Sociedad Mexicana de Física. Corregía sus artículos en inglés. Pero en los últimos meses, ya no me ha dado la vida para dedicarle el tiempo que requiere. Ya me estaba superando. Una parte de mí pensaba “pero es dinero extra y en esta época, todo es bueno”. Sin embargo, me implicaba trabajar de noche, cosa para que la soy muy mala porque yo soy morning person.

Mandé el mail de renuncia ayer y de inmediato me sentí terriblemente culpable. Se lo dije a Ariel: siento que no soy suficientemente buena como para hacer todo lo que quiero/debo hacer. A pesar de llevar agenda, ser organizada con mis tiempos, ingeniármelas para que el tiempo rinda, tener que renunciar a algo es un golpe para mi auto-imagen muy grande. Ariel, bless him, me escribió:

Dame un segundo, deja termino de enviar este correo y te zapeo
Ahora sí:
Ok, tú misma me has dicho que tengo que llevármela tranquilo conmigo mismo, y es hora de que te diga lo mismo a ti:

Cut yourself some slack.

Tú, mejor que nadie, sabe cuántas cosas manejas. Y tú sabes cuánto desgaste te causa. Y, mejor aún, tú sabes que el ritmo que llevas no es sustentable a largo plazo
El dejar un freelance no es algo que debería causarte culpabilidad, porque sabes que sí eres capaz de hacerlo (tanto que lo has estado haciendo todo este tiempo). Al contrario, piénsalo como con orgullo por dar un paso adelante en el tema de buscar tu estabilidad y salud mental

Estabilidad y salud mental son las palabras clave. Mi ansiedad surge cuando de plano siento que no puedo con todo. Porque, dah, no puedo con todo. No todo está dentro de mi control. Mucho de ser organizada y hacer un bullet journal (que tiene dos meses que no hago, pero eso lo explico después) y lista de pendientes y demás es por sentir que tengo algo de control. Pero en realidad no tengo tanto control. Sólo puedo controlar cómo me comporto ante la partida que me da la vida. A pesar de lo que proyecto a mis amigos y conocidos, no tengo todo bajo control.

No me pongan en un altar, por piedad

La otra cara de la moneda es lo que proyecto a la gente. Hace poco escuché una canción que me hizo click de una forma impactante. No me siento un desastre con pies, peeeero de repente sí creo que proyecto una imagen de perfección cuando tras bambalinas no es así ni por accidente así:

I just keep moving
I’m scar to lose it
You’ll never know that
My bed’s not made […]
I’m a mess, I’m a mess, I’m a mess

Kiera Loveless, Behind the scenes

Mi queridísima Male me dijo sobre mi receta médica de darme un descanso y mi queja de “odio que me obliguen a bajarle al ritmo”:

«Buscar una vida «balanceada» como lo haces tú implica siempre hacer más. Te levantas absurdamente temprano. Prepaeas desayunos, comidas y cenas para más de uno. Meditas. Acompañas a G a la escuela. Vas y chambeas. Sales con gente. Vas al gym. Escribes. Cuidas a tu gente…»

Obviamente me chiveé con el comentario, Obviamente me dio un poco de vértigo. De repente creo que mis amigos y allegados me tienen en un pequeño altar, por esta imagen de orden y de keep it altogetherness que parece que proyecto… bueno, no, no parece: sé que la proyecto.

A fechas recientes cuatro personas de reciente aparición en mi vida me han dicho que soy inspiradora. Gente que recién me topa y que han decidido que me quieren en su vida, porque inspiro a los demás a mejorar, porque tengo tema de conversación, porque soy interesante, todo un estuche de monerías…

Y entonces: ¡pánico! No me pongan en un altar, por favor, porque aunque me exijo como si lo fuera, no soy una súper mujer, no me acerco a la perfección y el día que se den cuenta, se romperá el encanto y se van a desilusionar. O al menos es lo que grita mi cabeza: cuando vean que no eres eso que pusieron en un altar como algo admirable, te van a dejar sola.

Punto medio, por favor

No soy perfecta. Tengo, como todos en esta vida, defectos. A fecha recientes he procurado ya no enfocarme en ellos como mi carta de presentación (aunque sí intenté disuadir hace poco a cierto chico de interesarse en mí porque igual me da miedo ser vulnerable con alguien, pero ese es otro cuento), sino trabajar en mejorar. Los que me conocen lo saben bien y aún con ello, siguen cerca de mí. La misma Male me lo dijo: “A veces eres medio kamikaze, ¿qué te digo?” al respecto de mi descompensación actual.

Hay cosas que puedo controlar y cosas que no. Puedo controlar cómo pienso, cómo actúo, cómo me cuido (¡qué trabajo me cuesta cuidarme!) y cuánto me exijo, por ejemplo. El chiste es hallar el punto medio. No puedo controlar lo que los demás piensen de mí. Si creen que soy débil o creen que soy maravillosa y algún día se rompe esa ilusión, no es cosa mía.

Procuro ser muy derecha con quién soy y lo que hago. Si alguien se desilusiona por mi forma de ser, es tema de ellos ¿no? Y concoer mis límites es parte de ser quien soy y de cuidarme. Eso del autocuidado qué trabajo me cuesta. No quiero ser débil y hay tantas cosas que quiero hacer, ¡aún quiero comerme al mundo!

El chiste es recordar que debo estar sana y, ja, viva para lograrlo. No soy una súper mujer, soy una ser humano como cualquier otro. Debo darme mis espacios, mi descanso y mi tiempo de recuperación (aunque me repatee estarme quieta) en lugar de ir en contra de mí misma. ¡Qué trabajo, caramba! Pero sigo aprendiendo.

Pausa como forma de autocuidado y de menos auto exigencia

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