Vanesa Puga

Bruja morada creada en 1984, soy una pedagoga y periodista cultural que vive de la publicidad digital. Mamá de un chamaco. Escribo y leo como si mi vida dependiera de ello. Funciono a base de café, té y proyectos multicolor. Me clavo mucho con la literatura infantil y juvenil y la comprensión lectora. Soy firme creyente de que lo único constante en esta vida es el cambio.

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El camino hacia el amor propio

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(Send nudes to yourself… reloaded)

Quererse a una misma cuesta trabajo. Hoy en día, en particular, siento que cuesta aún más que antes. Entre la mercadotecnia, los estándares de películas y revistas y ahora las influencers y el bombardeo constante en las redes sociales, cada vez parece más inalcanzable ese “ideal de belleza”. Hace dos años, escribí un texto al respecto del amor propio y el poder sacarse fotos sin odiarse.

Estaba en ese momento en una época de self-loathing horrible. Quizá nunca he sido la mujer con la mayor confianza del mundo, pero en ese momento en particular de verdad me ODIABA. Y créanme: odiar a la única persona con la que tienes que pasar 24 horas al día no rifa.

Siempre he dicho que todos tenemos una vocecita mala onda en el fondo de la cabeza. La mía estaba subiendo el volumen como si fuera una banda de metal sinfónico con todo y orquesta incluida. El terrible problema de repetir lo negativo en nuestra mente, es que nos autoprogramamos para que se convierta en realidad eso que nos decimos en loop infinito.

Creo que por lo mismo mi mejor amigo luego me quiere zapear cuando le digo cosas como que creo que seguiré soltera hasta el fin de mis días. Si me lo sigo repitiendo, es probable que lo cumpla. Y soy orgullosa, pero ésa no es una apuesta que desee ganar.

Pero para poder estar en paz en una relación de cualquier tipo, debo estar en paz con la relación más importante en mi existencia: conmigo misma. Se dice más fácil de lo que se hace. Reencontrar mi texto me hizo recordar esa promesa de paz conmigo misma.

Los problemas de la vocecita mala onda

Si existiera una solución mágica para amarse a una misma, no sólo ya la habría compartido: me habría hecho millonaria con ella. La verdad es que, como todo en esta vida, cuesta mucho trabajo. Y lamentablemente en general somos flojos. Es mucho más fácil victimizarse que intentar resolver lo que no nos gusta. Aplica para todo en esta existencia.

Para bien o para mal, soy una perfeccionista overachiever de lo peor. Mi droga de preferencia para evadirme de mis problemas siempre ha sido el trabajo. A raíz de la muerte de mi papá, me metí a trabajar en publicidad digital y durante tres años me he dedicado a ello. Puede no sonar a mucho, pero yo era conocida entre mis amigos por mi facilidad para escapar de los trabajos godín, así que durar más de un año en una oficina es algo muy importante en mi existencia. Empero, eso también me hizo caer en el famoso sedentarismo, particularmente cuando me mandaron a la oficina de Santa Fe, a donde subí durante casi dos años. Me la pasaba dos horas de ida y dos horas de vuelta, sentada en un camión retacado de gente. En la oficina no tenía muchos motivos para pararme de mi lugar. Mi actividad física era nula. Intentaba hacer ejercicio, más o menos con frecuencia, siguiendo videos de YouTube. Me justificaba con la idea de que no tenía ni tiempo ni dinero para ir a un gimnasio, aunque en realidad ocultaba que como me sentía tan a disgusto conmigo misma, me daba mucho miedo que me vieran haciendo ejercicio. Sentía que me iban a criticar, ya fuera en una clase o en los vestidores.

Eso es lo malo de hacerle caso a la vocecita mala onda del fondo de la cabeza: se inventa unas historias de miedo que van enredándola a una hasta que el miedo es lo que frena cualquier paso en el camino a sentirse mejor consigo misma. “No hay tiempo para hacer ejercicio”, “Estás muy cansada”, “¿De verdad puedes pagar un gimnasio?”, “Estás triste, mejor come un chocolate”…

Confesión número 1: nunca he hecho dieta porque sé que entre mi carácter ansioso y perfeccionista, soy el material perfecto para un desorden alimenticio. Procuro ser muy consciente de mis problemas mentales. En mi familia la depresión y la ansiedad corren como tema de salud. He tenido mis momentos de darme atracones de comida y luego sentirme muy mal al respecto, pero nunca caí en la bulimia. Me gusta la comida lo suficiente como para no caer en la anorexia. Pero la voz mala onda sí me culpabilizaba muy cañón cuando recurría al comfort food para superar un mal día o cuando la migraña me atacaba con necesidad inaudita de azúcar. En este saber los riesgos, la voz mala onda encontraba los pretextos: “con lo exigente que eres contigo misma, vas a acabar con vigorexia si entras a un gimnasio o con anorexia si te pones a dieta, ¿de verdad necesitas eso?”.

El gran problema en esa “lógica” era que entonces seguía con mi sedentarismo, con mis malos hábitos alimenticios (ahorita llegamos a eso) y ganando kilos. Puntos extra para el desorden hormonal que un DIU me provocó y les presento “Cómo subir a ochenta kilos sin saber cuándo pasó”. Claro, la gente a mi alrededor notaba que subí de peso, pero creo que nadie sospechó cuánto subí de peso porque gracias a mi naturaleza, jamás perdí la cintura. Digamos que engordé pa-re-ji-to.

Confesión número 2: soy muy orgullosa, odio el papel de víctima y platicar mis problemas y darles vuelta me hace sentir débil. Todos tenemos problemas en esta vida, pero no debemos dejar que eso nos defina. Al menos, eso creo. El tema con esta creencia es que me estaba aventando al otro extremo: a no pedir ayuda. De hecho, decir que necesito ayuda me cuesta mucho trabajo. En serio MUCHO. Siento que no soy suficiente si pido que me echen la mano, que le estoy fallando a todo el mundo y que van a pensar menos de mí.

Obviamente el tema aquí es que si no estoy a gusto conmigo misma y la voz mala onda del fondo de mi cabeza estaba subiendo el volumen, sí era necesario pedir ayuda, porque ya he tenido episodios depresivos antes y estaba en la vía rápida para llegar a otro.

No soy perfecta: a mis 34 años tengo estrías, celulitis y detalles que no me encantan

Transitar el camino hacia el amor propio

Entonces: había que trabajar. Pero como los grandes objetivos se deben alcanzar poco a poco porque si no se vuelven montañas imposibles de subir, tuve que ir por una cosa a la vez.

En diciembre volví a terapia psicológica. Yo juraba que mi tema con mis relaciones de pareja lo debía a las malas experiencias previas. Boy, was I wrong! ¿Recuerdan eso de mi orgullo y sentir que no soy suficiente? Pues esa idea viene de mucho más atrás. Y llevo trabajando en cambiar el chip algunos meses.

El siguiente paso fue cambiar de trabajo. Ese cambio de trabajo implicó evitar esas horas y horas sentada. Ahora voy a Polanco, a donde llego muy rápido gracias al metro. Y para llegar al metro: camino. Tanto de mi casa como de la oficina. Eso ha ayudado a vencer al sedentarismo. Pero el paso mayor fue entrar a un gimnasio y conseguir una entrenadora que me está ayudando.

Mi entrenadora toma en cuenta todo: que tengo viejas lesiones en varias articulaciones, que sufro de Síndrome de Ehlers Danlos (lo que me causa hiperflexibilidad en todas las articulaciones) y que no puedo vivir en el gimnasio.  También evaluó mis hábitos alimenticios y en parte mi subida de peso se debía a que no estaba consumiendo ni suficientes calorías ni suficiente proteína. Así que tengo también un plan alimenticio (que no dieta, porque se trata de reacomodar los hábitos alimenticios) que no me restringe ni me quita alimentos y me ha ayudado a sentirme mucho mejor conmigo misma. ¡Claro! Ya no estoy haciendo sufrir a mi cuerpo por falta de alimento.

No ha sido un camino fácil. Pero justo hoy mi entrenadora me felicitó por el progreso. La constancia ha sido la clave. Crear nuevos hábitos no es de la noche a la mañana, y si bien empecé a ir al gimnasio desde enero, apenas ahora (¡mayo!) me siento encarrilada. Y se ha notado en mi avance. Lo empiezo a notar no sólo en mi condición física, sino en la ropa. Por supuesto no es como que ahora ya no note las estrías, la celulitis, los gorditos. Esos ahí siguen, pero empiezan a ceder poco a poco. No existe camino mágico. Todo es cuestión de mi propio trabajo y esfuerzo.

via GIPHY

#100DaysProject: #SelfLoveRoad

Todas estas 1394 palabras son solo la explicación para mi proyecto, que inicia hoy, de los siguientes 100 días. Cuando escribí el texto Send nudes… to yourself comenté que me estaba sacando fotos diarias, tratando de gustarme. Pero la verdad es que acabé por desistir porque definitivamente no me gustaba.

Ver mis fotos me hacía sentir peor: mi cara redonda, las marcas en mi piel, la lencería que no me acomodaba. Si bien me gusta traer ropa interior que se me haga cómoda y sexy a la vez (gracias, bralettes, por existir) cada que me alguien me sacaba una foto me sentía sumamente incómoda.

He decidido retomar la esencia de Send nudes… pero para entrar a un movimiento llamado #100DaysProject, donde por 100 días hay que tener un pequeño acto creativo. En este caso, mi acto creativo es una foto diaria, pero con el afán de seguir con más pasos para el camino de amarme a mí misma, completita. Digamos que me estoy preparando para esa sesión boudoir que llevo años deseando hacer.

No es que vaya a trepar a Instagram nudes, tampoco se me emocionen (o aterren, no sé bien), aunque sí habrá un poco de piel expuesta. Mi reto es tomarme 100 fotos con las que me sienta cómoda, lo suficientemente cómoda como para dejarlas a la vista del mundo. Pero es también un ejercicio para dejar de ser tan terriblemente crítica conmigo misma.

Alguna vez mi amiga Vero me dijo que cada que me cache diciéndome una cosa fea, aunque sea mentalmente, me busque cualidades. Mi amigo Hazael, recientemente, me dijo que para fotografías como las que deseo hacer, me enfoque en autoconocerme: explorar cada rasgo hasta conocerme bien. Ojos, labios, cuello…

Así que there’s that. Veamos qué tal me va con 100 fotos. Si gustan seguir el experimento, con el hashtag y en mi cuenta de Instagram podrán verlo. Acompáñenme a ver si mi teoría es cierta: obligarme a fijarme en lo que me gusta de mí misma,  combinado con ver el progreso de mi esfuerzo, debe ayudar hacer un replanteamiento que le suba el volumen a la vocecita buena onda de mi cabeza y calle a la otra. ¿Será? En 100 días les cuento.

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Bruja morada creada en 1984, soy una pedagoga y periodista cultural que vive de la publicidad digital. Mamá de un chamaco. Escribo y leo como si mi vida dependiera de ello. Funciono a base de café, té y proyectos multicolor. Me clavo mucho con la literatura infantil y juvenil y la comprensión lectora. Soy firme creyente de que lo único constante en esta vida es el cambio.

 

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